Hay ideas que, cuando las lees, te hacen pensar mucho porque te hablan de cosas que has vivido o estás viviendo. A mí me pasó con «El vagón más lento» de Xavier Marcet hace un par de años porque representaba bien el problema de la lentitud en las organizaciones y el impacto de un cuello de botella en procesos de negocio.
Marcet explicaba todo esto con una metáfora sencilla: en un tren, el vagón más lento (o el que frena) termina dictando la velocidad del conjunto. Y en las empresas, en realidad, ocurre algo parecido: cuando quieres cambiar o crecer, no todo el mundo —ni todas las áreas— se mueven al mismo ritmo.
Pretender lo contrario suele acabar en frustración, resistencia, fricciones, conflictos o ese «cambio aparente» donde todo parece moverse pero nada cambia de verdad.
¿Cómo aterrizar esto cuando lo que queremos es plantear el crecimiento de nuestro negocio? Crecer es llevar el tren hacia un tramo empinado, subir una cuesta… y para encararla, todos acabamos cayendo en una tentación muy humana: mirar la locomotora y empujarla.
Esto se traduce en hacer más campañas, contratar más comerciales, invertir más producto, multiplicar las iniciativas abriendo más frentes… Es decir, acelerar el ritmo.
Y sí, a veces hay contextos donde acelerar tiene sentido. Especialmente cuando el mercado está abierto, el tiempo juega en tu contra, y quieres ocupar un «terreno elevado» antes que la competencia (apostar por un crecimiento agresivo o Blitzscaling).
Sin embargo, acelerar no elimina un cuello de botella: lo amplifica. Y si no sabes cuál es tu vagón más lento, lo normal es que vayas más rápido hacia el atasco: cuellos de botella, fricciones internas y desgaste.
Vamos a verlo en detalle.
1. Cuando el vagón más lento manda, el sistema te habla (aunque tú no lo escuches)
Cuando hablamos de vagón más lento no me refiero a detectar equipos que no rinden y despedirlos o despedir a las personas que se resisten a los cambios. Voy buscando algo más profundo que, muchas veces, está enmascarado con el día a día y el famoso BAU (business as usual).
En crecimiento, el vagón más lento suele ser un punto del sistema donde la demanda supera a la capacidad y se crea fricción: cuellos de botella, errores, incidencias, urgencias e incendios, pérdida de la calidad, decisiones lentas…
Y el sistema lo chiva con señales bastante reconocibles aunque, demasiadas veces, acabamos ignorándolo y asumiéndolo como «parte de la cultura» porque las cosas siempre se han hecho así.

¿Y cuáles son las señales que tenemos que ser capaces de detectar?
- Las colas que no se reducen: lo notas cuando empiezan a aparecer bandejas de entrada eternas como backlog que no paran de crecer y nunca parecen terminarse, tickets que se acumulan, aprobaciones pendientes, tareas bloqueadas a la espera de que «X» nos envíe algo… No es que la gente no trabaje, es que el sistema tiene demasiadas cosas en estado de espera.
-
El plan se reescribe cada semana: cuando el trabajo no planificado se come el plan y lo “urgente” se convierte en la norma, la empresa entra en modo reactivo y lo reactivo puede salvarte un día, pero no escala bien como forma de operar porque nunca hay nada dentro de normas o procedimientos.
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El tener que repetir las cosas hechas se vuelve habitual: revisiones que vuelven, entregas que «hay que tocar otra vez», tickets reabiertos, cambios que rebotan entre equipos… Esto suele indicar algo muy concreto: criterios ambiguos, handoffs excesivos o calidad inestable.
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La heroicidad recurrente: si siempre hay alguien salvando la semana, no tienes un sistema robusto: tienes un sistema sostenido por personas heroicas (que se te van a terminar quemando más pronto que tarde). De hecho, en cuanto creces, es un camino directo para el agotamiento.
-
Metes recursos y no cambia la velocidad (de hecho, puede incluso pasar lo contrario): contratas, pones herramientas, montas comités, multiplicas reuniones… y la velocidad no mejora (o incluso cae). Ahí suele estar la pista: el problema no es la capacidad bruta. Es fricción, coordinación, dependencias, falta de claridad, mal diseño de los flujos de trabajo, cuellos de botella…
| Señal (síntoma) | Qué suele significar | Qué mirar / medir |
|---|---|---|
| Colas que no bajan | La demanda supera la capacidad en un punto del flujo | Backlog, tareas «en espera», tiempos de espera, elementos bloqueados |
| El plan se reescribe cada semana | Operas por excepción: lo urgente se come lo importante | % de trabajo no planificado, cambios de prioridades, interrupciones |
| Rehacer cosas es habitual | Criterios ambiguos, demasiados handoffs o calidad inestable | Reaperturas, revisiones repetidas, devoluciones, errores recurrentes |
| Heroicidad recurrente | El sistema depende de personas, no de procesos | Dependencias de «personas clave», horas extra, apagafuegos repetidos |
| Metes recursos y no mejora (o empeora) | El cuello de botella es fricción/coordinaciones/dependencias, no capacidad bruta | Lead time/tiempo de ciclo, WIP, nº reuniones, *handoffs+, tiempos muertos |
Pensemos, por ejemplo, en un SaaS que tiene demanda y tracción e, incluso, product-market fit. Todo parece ir hacia arriba: hay tráfico, registros, buenas conversiones, clientes B2B interesantes…
Pero al mismo tiempo (y ahí empiezan los síntomas):
- el onboarding se llena de fricción y vemos que la activación es cada vez peor
- soporte se dispara con tickets y cada vez se da peor servicio
- el equipo vive corrigiendo corner cases
- y el ciclo de feedback es lento y aún más lenta la implementación de mejoras
Desde dentro, esto se interpreta como: necesitamos más personas en el equipo de soporte o, incluso, necesitamos más features en el producto.
Sin embargo, el vagón más lento probablemente está en otro sitio: capacidad de activación y de absorción operativa. No es un problema de volumen, es un problema de sistema: el producto está generando trabajo humano para entregar valor (y eso, con crecimiento, explota porque convierte a las personas en un cuello de botella).
En SaaS, ese vagón suele tener un nombre que se repite: time-to-value, fricción de onboarding o deuda operativa camuflada.
Ahora pensemos en un e-commerce que empieza a crecer gracias a su inversión en marketing: sube la demanda, suben los pedidos y, por tanto, suben las campañas como motor de crecimiento.
Pero entonces empiezan los problemas:
- la logística empieza a fallar y no cumplimos los compromisos de entrega
- aumentan devoluciones porque llegan los pedidos mal (en mal estado, equivocados…)
- atención al cliente colapsa por el aluvión de quejas
- y el NPS cae aunque “vendemos más que nunca”.
El equipo de marketing propone algo como «metamos más presupuesto» (la locomotora) porque el motor de crecimiento funciona; pero el vagón más lento, y por tanto el cuello de botella, está en las operaciones y experiencia del cliente (entrega + calidad).
Si aceleras sin arreglar eso, lo que crece no es el negocio: crece el coste, la frustración y el churn silencioso (devoluciones y mala reputación).

2. El “porqué” del cuello de botella y la lentitud cuando creces
No es un tema de personas concretas o de equipos, normalmente es algo vinculado a procesos. Esto es importante para que la conversación no sea tóxica: el vagón más lento suele deberse a causas bastante impersonales.
- Entra trabajo sin filtro: el «sí» es fácil y te hace quedar bien, el «no» es políticamente caro (y genera fricción en otros equipos, te hace parecer intransigente o mal compañero…)
-
Los criterios son ambiguos y cuando no hay criterios comunes cada equipo entiende «hecho» de una forma distinta y aparecen las discrepancias entre lo que es calidad y lo que no es (porque nunca hemos dedicado tiempo a establecer estándares comunes y compartidos entre áreas de trabajo).
-
Hay demasiados handoffs: el “pásalo a…” se convierte en una cadena de tiempos muertos porque las cosas se van moviendo entre áreas y equipos cual «patata caliente» porque no hay ownership (responsable) ni tampoco un accountability (rendición de cuentas) claros. Si a esto le sumamos la disparidad de criterios, el brown-dispatching (pasarle el marrón a otro) se convierte en un deporte corporativo peligroso que genera desgaste entre equipos.
-
Lo temporal se volvió permanente: diseñamos un proceso manual para apagar un fuego con la idea de automatizarlo y ahí se quedó… Cuando los procesos manuales, las excepciones o los procesos que nacen como parche son habituales acaban formando parte de los sistemas de trabajo y eso te lleva al cuello de botella que estalla al crecer.
-
Cada área optimiza lo suyo: métricas locales buenas pero flujo total peor porque no hay un sentido de rumbo compartido (falta de una métrica compartida de flujo / rumbo)
-
Las decisiones cuestan: se busca consenso continuamente, se evita conflicto, se posponen las decisiones que no agradan o son críticas y, al final, la cola del backlog y cosas paradas no para de crecer.
Si nos fijamos, ninguna de estas causas dice «la gente o los equipos no quieren», todo tiene que ver con que el sistema está diseñado con frenos que ralentizan o paran las cosas.
3. Cómo diagnosticar tu cuello de botella o tu vagón lento sin montar una revolución
El truco aquí es no convertir esto en una revolución ni tampoco en un juicio. La idea tampoco es un plan radical para «cambiarlo todo» ni una auditoría a las personas.
Un método que funciona (y que baja las defensas de la aversión al cambio) es dibujar el flujo de trabajo y hacer una pregunta simple: ¿dónde se acumula la cola y tenemos el cuello de botella?
Porque la cola es objetiva: no da pie a discusión (salvo que entremos al barro de buscar culpables que es, precisamente, donde no deberíamos entrar). Estamos en modo diagnóstico, como el médico y en una hora u hora y media podemos hacerlo:
- Dibuja el flujo de «entra la demanda” a «entregamos valor y se repite» (end-to-end)
- Pon una métrica simple por etapa (una, no diez)
- Busca dónde se acumula la espera, dónde hay que rehacer lo que está hecho o dónde surgen las urgencias
- Valida con una prueba mental: si bajamos esta cola un 20%, ¿se notará en el resto del proceso?
Y ya está. Sin Excel, sin consultoras externas o expertos y, lo más importante, sin guerras entre áreas.
4. Cómo abordarlo sin activar aversión al cambio: transformando el cuello de botella
Xavier Marcet, en su artículo, insiste en algo que solemos olvidar: los cambios se recorren mejor desde la empatía y la humildad, no desde la evangelización arrogante.
Traducido a gestión diaria, el cambio entra mejor si:
- no lo presentas como «hasta ahora todo se venía haciendo mal y desde hoy esto va a cambiar»
- lo presentas como «a partir de hoy reducimos fricción aquí»
- no prometes perfección
- prometes una intervención pequeña, medible y reversible
Aquí, en vez de la revolución, lo que funciona son las micro-intervenciones: pequeños cambios, uno tras otro para que a cada mejora le vaya sucediendo otra.
- reducir frentes abiertos (una semana para terminar en vez de empezar)
- eliminar un handoff (un «pásalo a» menos)
- definir un criterio de salida (checklist simple)
- bajar una cola concreta (un sprint dedicado a reducir backlog)
- ritual corto semanal: dónde hay cola, qué la alimenta, qué tocamos y qué no
| Micro-intervención (sin revolución) | Qué debería mejorar |
|---|---|
| Reducir frentes abiertos (WIP) | Throughput real, foco, menos contexto, menos urgencias |
| Eliminar un handoff | Menos tiempos muertos, menos rebotes, decisiones más rápidas |
| Checklist de salida (criterios de «listo») | Menos retrabajo, menos discrepancias, calidad más consistente |
| Sprint para bajar una cola concreta | Backlog y tiempos de espera (se nota “aguas abajo”) |
| Ritual semanal corto (30 min) | Diagnóstico continuo, priorización, prevención de cuellos nuevos |
Esto es lo que, realmente, hace que el vagón lento suba de velocidad sin romper la organización por dentro.
5. Si vas a acelerar, primero mira el vagón más lento
Hay momentos donde acelerar tiene sentido; pero en crecimiento, el error típico es querer velocidad sin entender el sistema.
El vagón más lento no desaparece cuando creces ni tampoco se acelera, ocurre más bien lo contrario: se hace más visible y acaba retrasando al resto (frenando todo el sistema y haciendo que aparezcan fricciones, conflictos, incendios…).
¿Cuál es el vagón más lento de tu empresa ahora mismo y qué señal objetiva lo delata (cola, cuello de botella, cosas a rehacer, urgencias, decisiones lentas, calidad)? Si tienes clara la respuesta a la pregunta, entonces te tienes que poner a arreglarlo antes de pisar el acelerador del crecimiento.
Se crece mucho mejor sobre cimientos sólidos y estables porque las máquinas bien engrasadas aguantan mucho mejor la aceleración y la subida de revoluciones.
No se escala empujando. Se escala quitando fricción.
Nos seguimos leyendo. Hasta la próxima.

Imágenes: Nano Banana Pro (Google) y Giphy
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